martes, 29 de octubre de 2013

ELIZABETH BARRET BROWNING





¿De qué modo te quiero?


¿De qué modo te quiero? Pues te quiero
hasta el abismo y la región más alta
a que puedo llegar cuando persigo
los límites del Ser y el Ideal.

Te quiero en el vivir más cotidiano,
con el sol y a la luz de una candela.
Con libertad, como se aspira al Bien;
con la inocencia del que ansía gloria.

Te quiero con la fiebre que antes puse
en mi dolor y con mi fe de niña,
con el amor que yo creí perder

al perder a mis santos... Con las lágrimas
y el sonreír de mi vida... Y si Dios quiere,
te querré mucho más tras de la muerte.


Versión de Carlos Pujol.
Imagen: Marc Chagall, Cumpleaños, 1915.

lunes, 28 de octubre de 2013

WALLACE STEVENS






De la simple existencia

La palmera al extremo de la mente,
se eleva más allá del pensamiento
en la extensión de bronce.

Un pájaro de plumas doradas
canta allí una canción extranjera,
no destinada al hombre sin sentimiento humano.

Entonces tú comprendes que no es esa la razón
que nos hace felices o infelices.
Canta el pájaro. Sus plumas resplandecen.

La palmera está al borde del espacio.
En las ramas se mueve el viento lentamente,
el plumaje del pájaro pende llameante.



Traducción de Andrés Sánchez Robaina.

Imagen: Viktor M. Vasnetsov, Los pájaros de la alegría y la tristeza, 1896.

MARIE-CLAIRE BANCQUART






Lo desconocido


Camino por la soledad de los libros:
mi corazón helado
con estas memorias heladas.
El viento golpea las contraventanas.
Noviembre.
Ha sido necesaria toda una vida para que el crujido de la madera
suscite una espera esencial.
Más allá del jardín,
más allá del tiempo, ante nosotros
están los erizos caídos de las castañas,
el fuego de las hojas en la bruma,
las ventanas violetas.
Puntualmente noviembre.
Cada cosa en su sitio.
Sin embargo lo desconocido está próximo
como un pájaro inquieto.


Imagen: Ralph Eugene Meatyard, Untitled, 1960


sábado, 26 de octubre de 2013

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS






Una vez más, Señor, me condenas perdiéndome
las gafas; una vez más me pones en trance
de maldición y pecado. Por favor, devuélvemelas.
No es, Señor, que me las pierdas, es que me las escondes
y me dejas sin ver. ¿Es que nos quieres ciegos? ¿Que no veamos
el horror que nos rodea, tantas cosas terribles
como hay que ver cada día? ¿Es una muestra de tu misericordia
dejarnos sin ver? ¿Por qué no te llevas
la mirada, esa ave? De todo nos priva nuestra
desesperación de ciegos, hasta de ese olor
del jazmín vespertino, de la escapada de puntillas
de la tarde, de aquellos que tú bien sabes
su nombre, porque tú eres su invención,
tú le pusiste nombre, amor,
y aquí ando las veinticuatro horas del morir de cada día
sin ver, hasta donde lleguen los hastas,
hasta que un toque en el hombro y una voz diga:
«No busques más lo que tienes delante».



Imagen: Georges de La Tour, San Jerónimo leyendo una carta.

NIKOLAI GUMILOV






Modernidad

Cerré la Ilíada y me senté frente a la ventana,
aún temblaba la última palabra entre mis labios.
A lo lejos algo brillaba, un farol o la luna,
y la sombra de un guardia se movía despacio.

Cuántas veces miré con gesto desafiante
y cuántas miradas recibí en respuesta…
Multitud de odiseos en los barcos mercantes
y agamenones entre la penumbra de las tabernas.

En la Siberia lejana donde llora la ventisca,
se congelan los mamuts entre hielos de plata,
y su tristeza silenciosa estremece las nieves,
y su sangre roja encendía los horizontes.

Me entristece este libro y me desvanece la luna,
quizá, realmente, no necesito ningún héroe.
Bajan por la alameda, con dulzura extraña,
un estudiante y una gimnasta, como Dafnis y Cloe.



Versión de Natalia Litvinova.

Imagen: Héctor es llevado a Troya tras la embajada de Príamo (hacia el 180 d. C.).