sábado, 5 de julio de 2014

JOSÉ HIERRO







Noche



Salió desnuda el alma
a quemarse en la hoguera.
¡Qué claras dan la sombra
las estrellas!
      Se enredaba la noche
azul, entre las piernas.
Ocultas en los chopos
bailaban las doncellas.
¡Qué anunciación, qué víspera
de deshojar las nieblas
de dos en dos. Las brisas
de tres en tres!
      Estrellas,
¡Qué claras dan la sombra
las estrellas!



Imagen: Andrea Brunotti, Noche estrellada, 2009.


viernes, 4 de julio de 2014

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO








Tierra de la soledad



Con el tiempo los cuerpos se acostumbran
a caminar completamente solos
sobre la tierra de la soledad.
Las vagas sensaciones, los recuerdos
de los lugares en los que encontramos
a alguien con quien hablar, a alguien que escuche
nuestras palabras mientras cae la tarde,
se van borrando lentamente, como
huellas que el viento apaga y desordena.
Y el eco tibio del antiguo encuentro
no persiste en la voz, en el lenguaje
con que aprendimos a nombrar las cosas.
Sólo queda la noche. Y nos perdemos
en el largo silencio de las calles
vacías. Y al llegar la madrugada
sentimos frío y respiramos muerte.



Imagen: Edward Hopper, Los halcones de la noche,1942.



BERNARDA FERREIRA DE LA CERDA







Soneto al desierto de Buçaco



Jardín cerrado, inundación de olores,
fuente sellada, cristalina y pura;
inexpugnable torre, do segura
de asaltos, goza el alma sus amores.

Intactas guardas tus hermosas flores;
matas la sed, destierras la secura,
ostentas majestad, y desa altura
penden trofeos siempre vencedores.

El verdor tuyo nunca el lustre pierde,
ni se enturbia el candor de tu corriente;
firme está tu invencible fortaleza.

Que es el jardín cerrado siempre verde,
es siempre clara la guardada fuente,
y es propia de la torre la firmeza.


Imagen: Jardín de Buçaco.


jueves, 3 de julio de 2014

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS








Yo no sé desear más que la vida,
porque entre las victorias de la muerte
nunca tendrás la grande de tenerte
como una de las suyas merecida

y porque más que a venda y más que a herida
está mi carne viva con quererte,
e igual mi corazón que un peso inerte,
halla su gravedad en tu medida.

¡Qué temblor no tenerlo en ningún lado,
ni en el pecho, la vena o la palabra,
y a lo mejor en valle, fuente o roca!

¡Corazón prisionero y emigrado,
que con cada latido el hierro labra,
y que convierte en sueño cuanto toca!