miércoles, 8 de octubre de 2014

ROBERT BRINGHURST








Muerte en el agua


.
No fue su rostro ni ningún
otro rostro lo que Narciso vio
en el agua. Fue la ausencia
de rostros. Fue la profunda claridad
de ese lago azul al que iba
regresando, y que iba regresando
a él mientras él se acercaba, avanzando
hacía allí octubre tras octubre
y cada tarde,
yéndose de ese verano sin salida al mar,
de los brazos de su propia voz,
yéndose de sus palabras.

Fue su ojo, me podrías decir,
lo que vio allí, o
la resonancia de su color.
Mejor aún, di que fue
lo que intentaba oír -el murmullo
apagado de una luz en el agua, no
el estrépito entre las rocas.

Lo mismo Li Po. Como nosotros -aunque
por el amor a escuchar
nuestras voces, y el miedo a escuchar
lo que decimos en las voces de otros que vuelven
de la tierra, hablamos al mismo tiempo que escuchamos y miramos
hacia abajo, hacia los grandes lagos de aire azul viniendo hacia nosotros y decimos
que no hacen ruido, y que no
tienen rostros, y que cada uno
tiene los ojos de otro.




Traducción de Marta del Pozo y Aníbal Cristobo.


Imagen: Caravaggio, Narciso, 1597-1599.



AURORA LUQUE








Azuloscuro



No sé si te parece paradoja
pero quizá no mienta si declaro
la inmensa inteligencia del deseo:
las lentas odiseas por tu cuerpo
en el sabio navío de la búsqueda
en todos los senderos tan exacto,
propicio a saturar, con islas encendidas,
las nostalgias antiguas.
Azuloscuro y sabio es el deseo,
lira que desde lejos obligase a la danza,
a componer un himno de latidos:
la sola inteligencia de vivir
en deseo perpetuo de naufragio.





martes, 7 de octubre de 2014

ANA MARÍA NAVALES








Mi ventana se asoma a Regent′s Park.
Soy esa piedra que nace junto al hombre,
un ojo tras otro por el camino
de luciérnagas estériles. Gotea su llanto
sobre el césped oscuro de mi piel,
y muere en la curva del día
a las puertas del infierno.
Perdidos estamos en la mirada de la fuente,
abriendo en el agua estelas de palabras.
Extraños, moribundos,
pájaros secos entre hileras de sombras,
dóciles al oleaje del vino y al recuerdo
que adorna la tarde de frágiles tormentas.
El viento derriba biombos y nombres
desencadena las hojas, despeina el río,
corre hacia mí, enamorado y solo,
aúlla lenguajes clandestinos. Arranca mi vida
y deposita en el horizonte su fuego
de sedientas palomas olvidadas.



Imagen: Arthur Rackham, Regents Park.




VICENTE QUIRARTE








Preludio para desnudar a una mujer



Que esté, de preferencia, muy vestida.
Por eso es importante que las medias
sigan cada contorno de sus muslos: que disfruten
la pericia, el estilo del tornero
que supo darles curva de manzana,
maduración de fruto al punto de caída.
Goza de la tela perfumada
encima de los jabones y los ríos.
Acaríciala encima: su vestido
es la piel que ha elegido para darte.
Primero las caderas:
es la estación donde mejor preparas
el viaje y sus sorpresas. Cierra los ojos,
ya has pasado el estrecho peligroso
que los manuales llaman la cintura
y tus manos se cierran en los pechos:
cómo saben mirar, las ciegas sabias,
el encaje barroco de la cárcel
que apenas aprisiona dos venados
encendidos al ritmo de la sangre.
Si los broches y el tiempo lo permiten,
anula esa defensa: mientras miras sus ojos
deslízale el sostén. Y si protesta
es tiempo de estrecharla.
Acércala a tu boca y en su oído
dile de las palabras que son mutuas.
En un ritmo creciente, pero lento,
trabaja con los cierres, las hebillas,
los bastiones postreros de la plaza.
Aléjate y admírala: es un fruto
que pronto será parte de tu cuerpo
y tu sed de morderla es tan urgente
como la del fruto que anhela ser comido.
Has esperado mucho
y tienes derecho a la violencia.
Deja que la batalla continúe
y que el amor condene a quien claudique.



Imagen: Jack Vettriano, Game on.